Juan Antonio Valor Yébenes: Un mundo nuevo.

Juan Antonio Valor Yébenes: Un mundo nuevo.

 

Juan Antonio Valor Yébenes – Profesor del Máster

 

Decano Departamento de Lógica y Filosofía Teórica

UN MUNDO NUEVO

Las decisiones que las autoridades políticas y sanitarias están tomando para luchar de la manera más eficaz contra la pandemia causada por el nuevo virus SARS-CoV-2 nos están obligando a asumir unas condiciones de vida que hasta hace unos meses no podíamos imaginar, restricciones muy exigentes con el argumento de evitar el colapso de los sistemas de salud y un elevado número de muertes. La pregunta que frecuentemente aparece en los medios de comunicación es la de si esta situación nos hará mejores o peores, tanto desde un punto de vista individual como colectivo. Defiendo que esta situación nos hará mucho peores, y trataré de explicar por qué y en qué sentido.

El argumento lo podría hilvanar analizando distintos aspectos de la situación que vivimos, tales como la restricción de las libertades, la omnipresencia de los estados, la necesidad de instituciones supranacionales, de medidas económicas excepcionales, etc. Pero voy a tratar el aspecto que me parece más relevante de todos, a saber, el uso de las tecnologías de la comunicación.

Con el fin de minimizar los daños que el confinamiento en las casas generará en el sistema productivo y económico, y también en la organización social y política, e incluso en la salud de las personas, se recomienda el trabajo online, la educación online, la asistencia online, la compra online, el ocio online, las relaciones online. La cuestión es: ¿qué mundo está surgiendo con todo ello y qué vida estamos viviendo? La respuesta es que las personas aparecemos como átomos sociales o mónadas. Se trata de individualidades clausuradas en su esfera tecnológica que continuamente despliegan un funcionamiento sin trabas ni tiempos muertos, impulsadas por una única fuerza interna y autorreguladora: el interés propio.

El interés propio es la máxima expresión de la racionalidad tecnológica, porque atendiendo a él se abandona inmediatamente y sin lamento alguno todo lo que un día pudo constituir a la persona irracional: la tradición, la cultura, la familia, el lugar, el lenguaje. Surgen así los habitantes de este Nuevo Mundo, individuos que estudian, trabajan, compran o se relacionan en ningún país en concreto, en ninguna cultura en concreto, sin ninguna restricción en concreto, durante ningún tiempo en concreto. Lo cual quiere decir: permanentemente activos, sin límites sociales, culturales, morales, espaciales o temporales.

Habitantes completamente libres en la medida en que la tecnología les ha permitido cortar todas las ataduras y desplegar hasta sus últimas consecuencias ese afán metafísico de deseo y felicidad. Afán que tomó en la modernidad la forma de consumo y que la postmodernidad tecnológica está explotando hasta sus últimas consecuencias. Sin someterse a ningún mandamiento y bajo el lema “prohibido prohibir”, la tecnología se presenta como la vía de alta velocidad y ancho de banda que nos conduce hasta la satisfacción inmediata de nuestros deseos y la consecución de la felicidad plena. Consumir es estar continuamente avivando el deseo y la consecución de una plenitud que nunca llega, lo que nos mantiene en una permanente avidez de novedades.

Hemos alcanzado, por fin, el ideal con el que soñó la Economía Política y a la vez su principal condición simbólica, su mito fundador: el despliegue de una Razón Universal absoluta, es decir, autofundante y autosubsistente, capaz de justificarse a sí misma por el mero hecho de existir, y que bajo la forma del consumo constituye ese Nuevo Mundo al que llamamos Mercado. Nunca en la historia la razón había encontrado una definición de sí misma más apta para la ejecución de su propósito y despliegue. Es ahora, como Razón Tecnológica, cuando ha alcanzado su perfil más eficaz y su gobierno más universal. De tal manera que toda su acción se entiende como “natural”: como el juego “natural” del mercado, como el juego “natural” de la sociedad, como el juego “natural” de la política, como el juego “natural” del progreso. Ahora resulta que todo es natural, justo cuando más inmersos estamos en la pura artificialidad.

La situación que estamos viviendo no es más que un trozo del futuro próximo recortado por el virus y traído a nuestro presente. Deberíamos aprovechar tal contingencia para entender que, si no hacemos algo, lo peor llegará. Pero, ¿por qué considero que este futuro accidentalmente presente es malo? Sencillamente, porque en el Nuevo Mundo perdemos las riendas de nuestro destino. El individuo se disuelve, el sujeto pierde su consistencia, el ciudadano se transforma en el más fiel de los esclavos, y la persona olvida que un día tuvo sus propios proyectos. En medio de la Razón Tecnológica sólo hay ser, y no hay manera alguna de definir al ser humano, que tiene como característica esencial la de no conformarse con lo dado, sino remontarse camino arriba, nadar contra corriente, para descubrirse como el único ser capaz de dar a su propia vida un sentido. Una vida que, de lo contrario, tendría que ser entendida como mero código biológico, o químico, o físico, o matemático, o lógico.

Todavía podemos preguntar un poco más: ¿y por qué es tan importante tomar las riendas de nuestra propia vida?; ¿no sería mejor dejarnos llevar por la corriente, como si fuéramos cantos rodados? Recuerdo a Rubén Darío: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente”. Si fuéramos piedras insensibles… Pero no lo somos.

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